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Laura Linney y el Oscar prohibido

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Cuando me hablan de los premios Oscar, algunas veces frunzo el ceño. No podría decir que siempre, puesto que me interesa el tema y, religiosamente, estoy atento a la ceremonia de premiación que tiene lugar en febrero de cada año. Es el evento más importante a nivel mundial en torno al séptimo arte y, como cinéfilo que soy, me despierta un gran interés saber quiénes son los nominados, quiénes se quedan al final con las estatuillas y a quiénes será imposible sacarles una sonrisa sincera por las siguientes dos semanas. Y mucho mejor si la transmisión es por un canal del cable.

Pero hay ocasiones en las que, sencillamente, no estoy de acuerdo con sus elecciones. Y aunque sea algo que les pasa a todos con cualquier tipo de decisión tomada por unos pocos, cuando la omisión se perpetúa por años, la disconformidad se acentúa. La eterna postergación de Martin Scorsese, recién enmendada en 2007 por los galardones a mejor director y mejor película por “The departed”, ha sido quizás uno de los mejores ejemplos. O lo que sucedió con Philip Seymour Hoffman, quien pese a su notable actuación como el afeminado Scotty J. en “Boogie nights”, recién obtuvo el reconocimiento en 2005 con “Capote”. Y a propósito de cintas de Paul Thomas Anderson, la indiferencia con este monstruo del celuloide sobrepasó todo límite cuando, en 2000, “Magnolia” ni siquiera fue nominada a mejor película, para, siete años después, nuevamente ser ignorado con “There will be blood” (en esta oportunidad, al menos con nominación previa).

Y la lista suma y sigue. Pero me quiero detener en un caso que, pienso, ha pasado colado entre los detractores del famoso premio de la Academia, y que hoy recuerdo porque anoche tuve la oportunidad de ver una de sus películas menos comentadas. Me refiero a la estadounidense Laura Linney, nominada en tres oportunidades al premio por sus papeles en “You can count on me” (2000), “Kinsey” (2004) y “The Savages” (2007), y con cero victoria. Debe ser de las mejores actrices actuales, con una versatilidad tremenda que la ha llevado a interpretar con calidad personajes obsesivos, manipuladores, románticos y aguerridos, entre otros, en distintas épocas y ambientes, en alrededor de cincuenta películas.

¿Quién no la recuerda como la resuelta y ferviente luchadora por la abolición de la pena de muerte en Texas, en “The life of David Gale”? ¿O como la influyente esposa de Sean Penn en “Mystic river”? ¿Y, ese mismo año, en “Love actually”, como una ejecutiva que por fin se atreve a flirtear con un compañero de oficina? ¿O, tal vez más recientemente, como una abogada encargada de representar a un sacerdote acusado de homicidio negligente, en “The exorcism of Emily Rose”? Sumémosle su papel como Abigail Adams en la exitosa miniserie “John Adams”, que sí la hizo acreedora del Globo de Oro, el Premio del Sindicato de Actores y el Primetime Emmy, todos en la categoría “Mejor actriz”.  Y todo lo anterior, sin deternos en sus complejos roles, cargados de una enorme dosis de dramatismo, en los tres filmes nominados al Oscar.

Pese a lo anterior y a un carisma, una elegancia y una belleza que destacan en Hollywood, los miembros de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas han mantenido en el olvido su nombre, tal como antes le ha sucedido a otros  y como le continuará pasando en el futuro a varios más. Lo de Linney, al menos para mí, es impresentable e imperdonable. Una lástima por ella. Y por el prestigio -en declive- de los Oscar.

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