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Toco tu boca

cortázar

Leí por primera vez a Julio Cortázar cuando era un niño, en algún curso de la básica, el día que me enfrentaron a “La autopista del sur”. Pero, en estricto rigor, la real lectura del argentino no fue hasta primer año de la universidad, en la clase inicial de un taller literario en el que, entre otros temas, abordamos el surrealismo y el género fantástico. Ese día, la profesora, una experta en este “cronopio”, nos pasó una hoja con un breve texto. Se trataba del capítulo 7 de “Rayuela”, la obra magna del gran traductor de Poe.

Hoy, en un día como éste, el primero de un nuevo ciclo después de un año de profundas transformaciones en mi vida, recuerdo este texto. Es mi favorito. Y, cuando lo leo (o escucho de voz del mismísimo Julio), extraño esa época en que las cosas eran mejores.

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

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2 comentarios

  1. El texto del hombre alto es monumental. Tanto como su invención del Glíglico. Un dialecto que sirve para expresar el mundo en el que viven los dos protagonistas, que sólo ellos conocen y viven a su manera, y por ello, recurren a un código propio para expresar ese mundo. Un lenguaje de la intimidad:

    “Volposados en la cresta del murelio, se sentían balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.”

    (Rayuela, capítulo 68)

  2. Daniel Canala-Echevarría S. says:

    La obra de Cortázar es extraordinaria, de principio a fin. Y leerla es uno de los mayores placeres que podamos darnos.

    Bienvenido por acá, Roberto.

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